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Aristóteles. En busca de la amistad auténtica

A la hora de acudir a la obra de Aristóteles es especialmente notable la importancia que el filósofo concede a la amistad en sus reflexiones éticas. Como ejemplo de ello, cabe recordar que “Etica a Nicómaco“, una de las más representativas de las obras del estagirita, contiene dos libros completos, concretamente el VIII y el IX, dedicados a la amistad. Esto quiere decir que al tema se le concede un espacio mucho más amplio que a otras cuestiones éticas fundamentales, como son, por ejemplo, la indagación acerca de la felicidad, el tema del placer o incluso otras cuestiones relacionadas con la justicia.

Esta amplitud en su tratamiento no es casual, sino que responde a la convicción de que la amistad es algo especialmente valioso, por ser algo único en la vida de los seres humanos. De hecho, según este autor, la amistad es una condición completamente necesaria para tener una vida feliz. Tanto es así, que éste sabio llegó a escribir:

“nadie querría vivir sin amigos, aun estando en posesión de todos los otros bienes”

(Ética a Nicómaco VIII 1, 1155a5-6)


Amistad como Philía

Antes de entrar a reflexionar sobre la amistad en este autor hay que parar para hacer una importante advertencia que el lector de los textos aristotélicos ha de tener presente. Aunque traducimos como amistad, el término griego utilizado por el filósofo es philía, palabra de la misma raíz que el verbo phileîn, que significa “querer”. La palabra philía tiene un sentido mucho más amplio que nuestra palabra ‘amistad’.

En griego, philía abarca todo tipo de relación o de comunidad basado en lazos de afecto. Es por ello que Aristóteles incluye, bajo esta denominación, relaciones como el cariño entre padres e hijos, la que se da de forma apasionada entre amantes, o la concordia entre vecinos, además de lo que nosotros entendemos normalmente como amistad. Con la motivación de no aburrirles tras un largo discurso, en este artículo hablaré sobre la amistad en Aristóteles teniendo en cuenta solamente aquel tipo de relación que nosotros denominamos amistad en el ámbito cotidiano.

Para ello me centraré también en dos aspectos fundamentales que destacan en la obra aristotélica al tratar el asunto. La primera de ella será los tipos de amistad, tras lo cual ahondaré en lo que el autor califica como “amistad perfecta”, aquella a la que aspiramos todos.

Los distintos tipos de amistad

Es un hecho incuestionable que existen opiniones muy diversas y contrapuestas acerca de la amistad, y también es esto algo que no pasó desapercibido a Aristóteles.

Es característico en las indagaciones filosóficas de este autor que atienda a a la pluralidad de opiniones del tema que trata. Y en este caso no es menos. Así, y por lo que se refiere a la amistad, Aristóteles reconoce que mientras algunos piensan que hay formas distintas de amistad, otros opinan que solamente hay una forma que merece el nombre de tal. Igualmente, para unos, la amistad se basa siempre y solamente en el interés y en la utilidad, mientras que otros piensan, por el contrario, que una amistad interesada no sería verdadera amistad.

Esta diversidad de opiniones es recogida por Aristóteles, con lo que es sencillo mostrar que si el sentido que le aplicamos a esta palabra no es siempre el mismo, con el término amistad acudimos a diferentes tipos de relaciones afectuosas. Cabe preguntarse entonces, ¿qué es lo que tienen en común estas variadas significaciones?

El núcleo del afecto

A pesar de la variedad de significados y sentidos que le otorgamos al término amistad lo cierto es que también hay algo en común que se mantiene bajo tales diferencias. Y es que, la palabra ‘amistad’ posee cierto núcleo que, en principio, es aplicable a todos los tipos de amistad a los que solemos referirnos.

Ante todo, la amistad se define por el querer. A este respecto guarda una tremenda relación con el concepto que le da origen. Es decir la philía, que, como dije, comparte raíz con el verbo phileîn, que significa precisamente eso, “querer”.

Claro que no toda forma de querer es propiamente amistad, pues en realidad no puede hablarse de amistad cuando el querer se dirige a objetos inanimados, a pesar de que en estos casos utilizamos a menudo la palabra “amigo”. Éste es el caso de cuando, por ejemplo, se habla de “amigos de los libros”, o de cualquier otra cosa a la que con pasión dedicamos nuestro tiempo. En estos casos se trata de un uso impropio de las palabras ‘amistad’ y ‘amigo’.

Condición de reciprocidad

De hecho, la amistad exige un querer mutuo, recíproco y, además, que sea conocido y reconocido por ambas partes. Si el querer no es recíproco, o si una o las dos partes desconocen la reciprocidad de su querer, no cabe hablar de amistad en sentido estricto.

¿Puede usted llamarse amigo de alguien que no le considera como tal? Lo cierto es que ésto no responde a la amistad en sentido estricto, aunque pueda entenderse como afecto dirigido hacia algo o alguien. En la amistad, el aprecio y el afecto son el núcleo de la relación, en la que este querer es compartido y va en ambas direcciones. Pero en este sentido entramos en otro asunto importante al tratar la cuestión, y que tampoco pasa desapercibido a Aristóteles. Y es que existen también diferentes formas de querer.

De los tipos de afecto a los tipos de amistad

Por experiencia, todos sabemos que el querer puede adquirir distintas formas según en que se base. Podemos querer a alguien (o algo) porque es bueno, pero también porque nos resulta placentero o porque nos resulta útil. En esta diversidad de las formas de querer se basan laS distintas formas que tenemos de entender la amistad, y también el análisis que hace de la misma Aristóteles.

Como consecuencia, Aristóteles reconoce, en principio, tres tipos de amistad. La que está basada en la utilidad, la que está basada en el placer y aquella que se basa en el bien, es decir, en la virtud de la persona a la cual se quiere.

En las dos primeras formas de amistad no se quiere al amigo por sí mismo, sino accidentalmente. Y es que si los motivos son la utilidad y lo placentero, el afecto no se dirige al amigo sino a lo que nos aporta. Hablamos en cierto sentido de un afecto basado en una actitud egoísta. En realidad, solamente en la amistad basada en la virtud, en la excelencia, se quiere al amigo por él mismo.

Querer el bien del amigo

Seguramente todos estemos de acuerdo en que algo que también debe tenerse presente respecto a estos tipos de amistad es que la relación amistosa implica querer al amigo, pero también querer el bien del amigo. Esto es algo que tampoco pasa desapercibido a este autor.

Según el filósofo en cada una de las tres formas de amistad se quiere el bien del amigo, pero por motivos distintos y de maneras distintas, y esto precisamente es lo que determinará la autenticidad de dicha relación afectiva. En la amistad basada en la utilidad se quiere el bien del amigo por el beneficio que obtenemos. Cuando ésta está basada en el placer se quiere el bien del amigo por el placer que nos proporciona su compañía. Pero en la amistad basada en el bien y en la virtud, se quiere el bien del amigo por él mismo. Es por ello, que esta es la amistad perfecta y auténtica. Pero, ¿qué significa eso de querer por sí mismo?

El sí mismo

La amistad perfecta, la auténtica y única que merece tal nombre, es aquella que se basa en la excelencia, en la virtud, y en la cual el amigo es querido por sí mismo. Ambos rasgos se dan unidos, según Aristóteles. Ahora bien, cuando Aristóteles dice que el amigo es querido por sí mismo, ¿qué entiende por “sí mismo”? ¿qué ha de entenderse que es el sí mismo del ser humano?

Según el filósofo, el “sí mismo” de cada cual se manifiesta en el modo en que uno vive, en las acciones que uno lleva a cabo. Pero no en cualquier tipo de acciones, sino en lo que él llama las acciones o actos elegidos.

Actos voluntarios y actos elegidos

Aristóteles distingue, en su obra Ética a Nicómano (en el capítulo III), entre actos voluntarios y actos elegidos. Los voluntarios son aquellos que se realizan con conocimiento de lo que se está haciendo y sin coacción externa que fuerce al individuo. Como ejemplo, cabe decir que un pájaro libre suelto que tiene sed se comporta “voluntariamente” cuando ve un charco de agua y acude a beber, puesto que nadie lo fuerza a hacer tal cosa, sino que su acción nace de su propio deseo.

Sin embargo, aunque a veces confundamos los términos, este tipo de acción voluntaria no es lo mismo que una acción elegida. La elección implica un conocimiento racional, una deliberación nacida de la inteligencia. Por ello, cabe decir que la elección es algo exclusivo del ser humano adulto.

Según Aristóteles el “sí mismo”, al que me referí en el apartado anterior, se manifiesta, pues, en las formas de actuación elegidas. Por tanto, el “sí mismo” del hombre bueno se manifestará en elecciones buenas, rectas. ¿Pero como distinguir una acción recta de una que no lo es?

La importancia de los hábitos morales

Éstas acciones y elecciones rectas dependerán de la posesión de los hábitos morales adecuados. Esto quiere decir que dependen de la posesión de unas virtudes éticas.

Pero aún cabe preguntar, ¿a qué se refiere con esta virtud ética? En el capítulo sexto del libro segundo de la Etica a Nicómaco se se hallan expresados todos los rasgos pertinentes de la virtud ética aristotélica. En ésta obra Aristóteles nos dice que la virtud es un hábito. Pero lo cierto es que hay muchos y muy distintos hábitos. Por ello, con ánimo de aclarar, hay que atender más a lo que entiende el autor al referirse al tipo de virtud que nos interesa.

La virtud ética sería una disposición relativa a la elección precisamente. Es decir, un hábito gracias al cual estamos dispuestos a elegir de una forma determinada. A su juicio este tipo de virtudes facilitan nuestra elección orientándola a un término medio relativo a nosotros. La acción recta se sitúa siempre en un término medio entre dos extremos, sin caer ni en exceso ni en defecto (así, por ejemplo, la valentía está entre la cobardía y la conducta temeraria, etc.).

El término medio

Sin embargo, en este sentido hay que aclarar que el punto medio no es exactamente la distancia que se da entre dos extremos, ni es tampoco el mismo para todos. No hay un término medio absoluto. Éste término medio es relativo a nosotros. Y es que sabemos, por experiencia, que lo que para uno o en una determinada circunstancia es “excesivo”, para otro puede resultar “defectuoso”, escaso.

Precisamente por ello, señala Aristóteles que la regla que “determina” y define la acción virtuosa, la mejor y preferible, es aquella regla o razón que en cada caso seguiría el hombre prudente. El juicio correcto es, en efecto, un asunto de prudencia. Teniendo en cuenta la circunstancia, la experiencia, y naciendo las decisiones de la racionalidad.

Además, debe tenerse en cuenta que, más allá de la definición de la virtud, según Aristóteles los hábitos o disposiciones de un individuo constituyen y configuran su carácter. Y ,así, si nuestras elecciones nacen de nuestro carácter y de los hábitos que lo forman, nuestros hábitos y carácter son, a su vez, resultado de nuestras elecciones. Lo cual se resumiría afirmando que “somos lo que hacemos”. Esto implica que cada cual es responsable de su propio carácter ya que éste resulta, en último término, de nuestras propias elecciones. Con lo cual el hombre virtuoso es necesariamente responsable. ¿Qué implicaciones tiene esto para esa amistad perfecta de la que hablaba?

Querer por la virtud

Volviendo a la amistad perfecta y teniendo en cuenta lo expuesto, ya es posible responder a la pregunta sobre qué quiere decir “querer al amigo por él mismo”. Significa quererlo por la excelencia de su carácter, por sus virtudes, pero no entendiendo a éstas como algo poseído por el amigo, sino como resultado y fuente, a la vez, de sus elecciones y de sus actos. El amigo es querido por su comportamiento, esta amistad auténtica solo es posible entonces desde una actitud virtuosa que permite dicha autenticidad.

Ésto sería querer al amigo como persona, si por “persona” entendemos un agente activo y responsable que se realiza y se expresa a través de sus elecciones y asume las responsabilidades de éstas. De otra forma, diría Aristóteles, la amistad se basaría en el interés o el placer, pero esa autenticidad solo es posible a través del respeto que se da en la actitud virtuosa.

La virtud del que quiere

No obstante, antes de acabar con el asunto, cabe tener en cuenta otra condición importante. Hemos hablado de la necesidad de esas virtudes en el amigo que se quiere. Pero también cabe tener presente, que siendo necesaria la reciprocidad en la amistad, ha de tenerse en cuenta también las virtudes del que quiere.

En su obra Ética a Nicómaco (en el capítulo V) Aristóteles distingue entre el cariño y la amistad, precisamente al atender a este detalle. Podemos expresar cariño hacia alguien tan virtuoso como hemos descrito, y que este sentimiento sea recíproco, pero esto no implica necesariamente amistad. El cariño es una afección o sentimiento, mientras que la amistad es un hábito, una disposición permanente del carácter. Como toda disposición ética, la amistad se refiere primariamente a la elección, en este caso a la elección adecuada de los amigos. En definitiva, aunque con el cariño no es necesariamente así, los amigos se eligen. ¿Por qué no elegir entonces aquellos que racionalizan sus actos, se responsabilizan de los mismos, y eligen el punto medio pero siempre atendiendo a las necesidades de las circunstancias? ¿No prefieren acompañarse de aquél que es fiel a la virtud?

Según el estagirita, de esta elección depende que seamos felices, la apuesta no es poca cosa.

Conclusiones

A todo esto Aristóteles añade que si la felicidad que produce la sonrisa de nuestro amigo, en caso de una amistad auténtica, nos otorga felicidad, es porque el querer a un amigo es la extensión del quererse a uno mismo. Pero, sin egoísmos, en el amigo nos proyectamos y abrimos al mundo. Con lo cual la amistad auténtica es aquella que nos hace mejores, implica un aprendizaje y avance personal, y por ello merece la pena cultivarla, de lo contrario, no entraría en este tipo de amistad. La amistad no pide, sino que da.

En definitiva, posiblemente estaba en lo cierto este genio cuando situaba a la amistad por encima de las riquezas, pues si algo enriquece esta relación afectiva es nuestra propia vida. Claro que para ello se hace necesaria una voluntad, trabajar sobre uno mismo buscando una actitud virtuosa no sólo en el otro sino en nosotros mismos. Así pues, no sólo se escogen los amigos, sino que tenemos que hacernos merecedores de dicha amistad.

Si está en lo cierto o no Aristóteles es algo que no puede afirmar ésta que escribe, no soy tan sabia. Pero sí que me parece que el lugar de libros de Auto-ayuda que hablan de la toxicidad de las personas es preferible recuperar lecturas como la que ha inspirado este escrito. Y es que Ética a Nicómano nos incluye a todos en la tarea de mejorar. Valga lo expuesto entonces como recomendación de lectura.

Raquel Moreno Lizana.

adorno raquel moreno

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