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La parresía, un consejo de Diógenes y de Foucault

¿Qué es la parresía? Quizá un concepto que nos viene bien recuperar en nuestro tiempo.

Es común que escuchemos extensos discursos sobre el problema que surge a veces de ceñir nuestras opiniones y actitudes a lo que está socialmente aceptado, sin haber racionalizado antes el motivo de las mismas. Esto es algo que bien sabían los filósofos cínicos, cuya escuela de pensamiento suponía una crítica a este hecho. Y es que a veces, las convenciones pueden ser una cárcel para los individuos y otras, también, implican una auto-censura que nos lleva a guardar en secreto nuestras opiniones. ¿Es esto un problema, o debe ser así para fomentar una óptima convivencia entre las personas? ¿Debemos decir siempre lo que pensamos, o lo adecuado es optar por el silencio?

A menudo escuchamos que cuando hay algo importante que decir, lo sensato es callar y esperar. De hecho, por nuestra propia experiencia también sabemos que las ideas brillantes son hijas de una previa y trabajada reflexión. Por lo general, la soledad, y el silencio que nace de ella, son condiciones indispensables en la búsqueda de la claridad de pensamiento.

Sin embargo, también escuchamos a menudo que vivimos en una época en la que todos hablan y pocos callan y escuchan. Nuestro tiempo parece ser enemigo de la intimidad y el recogimiento que permite trabajar en silencio el desarrollo de las ideas.

El ruido social

Todos tenemos opiniones, esto ocurre desde siempre. Pero con frecuencia éstas no se meditan previamente a emitir un juicio, para que las mismas sean informadas y realmente valiosas fomentando así un diálogo constructivo. En su lugar, a veces las ideas aparecen espontáneamente, o se dan con objeto de imponerse más que de avanzar en cuanto a la temática sobre la que se habla. ¿Estamos heridos de muerte por las limitaciones del siglo y envenenados por nuestras nuestras lenguas? ¿Vivimos en una era de constante ruido?

Por supuesto, el ruido del que hablo no sale solo de nuestras lenguas. Nos bombardean con constantes noticias, y es tanta la fugacidad de nuestro tiempo que al día siguiente ya no se recuerdan. La sobre-información, en ocasiones, no nos permite meditar tranquilamente sobre ciertos sucesos. Ese es el precio del ruido.

Otra consecuencia de este constante barullo es que quedamos atrapados en él. Y como consecuencia, nosotros también terminamos produciendo más ruido, aumentando el nivel de celeridad de nuestras vidas, y con ello imposibilitando la necesaria calma mental, el imprescindible silencio, que permite el nacimiento de las buenas ideas. Esta dinámica nos hace peces empujados por la corriente mayoritaria en una sociedad dada, y las convenciones de la misma se convierten en nuestra vestimenta. Algo que ya los cínicos denunciaron en los albores de la filosofía.

¿Cómo reaccionar a este ruido? ¿Basta recomendar guardar un poco de silencio?

El silencio como cómplice

Aunque suene paradójico, desde la perspectiva de un cínico el silencio, más bien , es cómplice del ruido. Y es que éste no daría lugar a un discurso racionalizado y argumentado. El barullo social es amante del bulo, el prejuicio y la superficialidad. Así, si actuamos con silencio no mataremos el murmullo, ni las actitudes que surgen del caudal de ideas convencionalmente aceptadas y que son objeto de crítica desde la perspectiva de estos pensadores.

Esto lleva a señalar un aspecto negativo del silencio cuando no es intencional por si mismo. Y es que callar ante la algarabía referida no es una actitud intencional, al menos en la mayoría de las ocasiones. En lugar de ello, es un silencio hijo de la apatía y el cansancio a no ser escuchado, pues los discursos racionales no suelen ser populares; también es hijo del miedo a salirse de la norma; igualmente surge como necesidad de adaptarse al proceso de socialización; o de la imposición legal en las más graves ocasiones, pues aún hay personas sometidas al robo de su palabra.

Así pues, el silencio no es cura para todo. En muchos sentidos puede tener efectos positivos. No obstante, no cabe ser dogmáticos con él. Incluso Pitágoras, que obligaba a practicar años de silencio a sus discípulos, entendía de la necesidad de ser flexible atendiendo a que lo importante es que la persona no produzca ruido, más que buscar un silencio en sí. Por tanto, el objetivo final es la armonía de la palabra racionalizada más que la ausencia de la misma. ¿Qué hacer, entonces, ante el inevitable ruido que nos invade como consecuencia?

Romper el silencio como antídoto del ruido

Una solución posible es romper el silencio. Pero usando la prudencia que este nos ha otorgado previamente para que dicha ruptura sea melódica y no desemboque en más ruido. Tal apuesta no es arbitraria. Hay muchos casos en los que el silencio ha sido dañino. Sería fácil acudir a momentos históricos que recuerdan a la censura. Pero a veces también lo que aparece es un silencio auto-impuesto, que responde a la necesidad de no salirse de lo establecido, por temor al rechazo social que pudiera surgir de ello.De esta manera, el barullo en el que vivimos puede beneficiarse de las actitudes silenciosas. No obstante, encontrar la forma adecuada para que al romper el silencio no seamos nosotros creadores de ruido es cosa compleja.

A este respecto, buscando las formas adecuadas, merece la pena atender a lo que lo que los griegos llamaron “la parresía”. Un concepto largamente estudiado en la filosofía por pensadores como Foucault.

La Parresia

La parresía empezó teniendo una concepción política, en el escenario del ágora o de la corte del rey. Foucault la relaciona con la isegoría, que sería la libertad de la palabra, y la isionomía, que es la igualdad ante la ley. En este ámbito se señalaba que todos tienen derecho a hablar, pero también que la democracia exige la parresía, que sería hacerlo de forma clara y frente al poderoso, que a día de hoy podría traducirse como frente a ese ruido que nos rodea.

Más tarde éste mismo concepto se aplicó a la ética, y con él filosofías como la epicúrea lo relacionaban con la amistad, que implicaba la parresia como la necesidad de ser sincero con el otro. Los estoicos también hablaban de ella como la fórmula para luchar con nuestro enemigo interno, que sería la vanidad, esa fuente de ruido mental.

Pero si hubo una escuela que supo sacarle partido a este concepto fue sin duda la cínica. Los pensadores que la formaban hablaban de ella como la necesidad de interpretar críticamente la realidad, señalando la arbitrariedad del mundo de las convenciones sociales, en el que es más fluido el ruido que la armonía de la palabra.

Este aspecto señalado por los cínicos implica un riesgo, pues supone un enfrentamiento con las estructuras de poder que nos rodean. No es poca cosa, el mismo Sócrates era descrito por estos cínicos como víctima de esta parresía frente al ruido social.

La filosofía necesita de la parresia

Así la filosofía para Foucault suponía una parresia, en la medida en que asume esa función crítica. En este sentido señala cierta continuidad con lo que pedía Kant en su texto “¿Qué es la ilustración?”, que no es otra cosa que pensar por uno mismo, ser veraz y decir lo que se piensa, sea cual sea nuestro público. Con este concepto entonces no hablamos de un discurso cualquiera sino de uno que tiene ética, criterio, está formado, trabajado y se compromete y responsabiliza de lo que dice.

En definitiva, ¿cómo acabar con el silencio que puede llegar a ser cómplice del ruido y enemigo de la reflexión racionalizada? En ocasiones, debemos acudir a la parresía. La misma que hacía que Diógenes el cínico llevara a cabo actitudes mal vistas según lo aceptado socialmente, para mostrar lo ridículo que a veces pueden ser las mismas. Tarea compleja en una sociedad que se muestra especialmente sensible con las palabras, pero puede que necesaria si queremos que el discurso racional siga oyéndose frente al barullo que nos rodea.

Raquel Moreno Lizana.

adorno raquel moreno

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